Desde PSE queremos presentaros a Rosanna, voluntaria del programa de escolarización en el verano de 2014 y con una de las cartas que escribió:  Estimado lector anónimo,   Voy a proponerte dos planes alternativos para tu próximo verano y a preguntarte cuál de ellos elegirías para tus vacaciones.   	1.	El primero de los planes lo voy a localizar en una playa cualquiera, lo compartirías con tu familia y tus amigos de siempre. La idea es sencilla, no te propongo nada exótico: echar largas siestas bajo la sombrilla, ver atardeceres mojito-en-mano, alargar las noches, dormir hasta tarde, olvidarte del reloj…   	2.	 El segundo de los planes está situado en un basurero a miles de kilómetros de aquí. Lo compartirás con desconocidos y con niños asalvajados corriendo a tu alrededor. Tendrás que levantarte todos los días a las 5 y poco de la mañana, tras haber pasado la noche durmiendo en el suelo con incómodos mosquitos acechando tu mosquitera. Estarás todo el día empapado en sudor, comerás insípido arroz blanco y bueno… los demás confiarán en tu buena puntería cuando te toque ir al baño.   No haría falta tener un máster en Harvard para anticipar qué alternativa elegirías. No obstante, déjame convencerte para que cambies de opinión.               Quiero hablarte de PSE, una ONG francesa cuyas iniciales significan “Pour un Sourired’Enfant” (Por la Sonrisa de un Niño) y que lleva más de 20 años trabajando en Camboya. Su principal objetivo es el de, a través de la educación, dar una alternativa “digna” para ganarse la vida a miles de niños que viven en la más absoluta de las miserias. Además, estos niños conviven con adultos psicológicamente derrotados por las atrocidades cometidas por los khemeres rojos, por lo que son considerados como un activo primordial para sacar adelante a sus familias, que les obligan a trabajar. PSE tiene distintos programas de escolarización para ayudar a estos niños para salir de la situación tan precaria en la que se encuentran: internados, clases de refuerzo, programas de formación profesional, planes de ayuda alimentaria para las familias, etc. Durante 11 meses al año, miles de niños son beneficiarios de los programas educativos de PSE pero al llegar el verano la organización se dio cuenta de que muchos de ellos volvían a trabajar a las calles o eran captados por las mafias. Al no regresar al colegio se perdía el esfuerzo de varios años de trabajo. Para evitarlo, se comenzaron a organizar los Campamentos de Verano en los que yo participé y de los que voy a hablarte a continuación.    Salí de Madrid a finales de Julio. Llevaba en la maleta 30kgs de regalos, 5 camisetas, 2 pantalones y  una caja de prejuicios, 2 botellas de (lo que yo por entonces creía) problemas, un montón de miedos y el estrés impregnado en la piel. Tengo que reconocer que nada más pisar Phnom Phen entré en el bucle del QTHMAT. No paraba de repetirme: “Muy bien Rosanita, ¿contenta? Ya estás aquí en el **** del mundo, montada en un tuk-tuk, oliendo a gasolina, lejos de tu gente, 1500 euros más pobre y dopada con vacunas y pastillas varias. ¡Quien Te Habrá Mandado A Ti!”. Pero aquel pensamiento no duró mucho. De repente me vi rodeada de 300 adultos embutidos en pequeños cuerpos de niño de entre 2 y 15 años, que me miraban sorprendidos cuando yo les dedicaba un gesto amable o les revolvía el pelo. Por cómo se comportaban era evidente que no estaban acostumbrados a los mimos que les dábamos, pero los recibían con gusto e incredulidad al mismo tiempo.   La primera semana fue rara. Nos costó adaptarnos a esos niños salvajes que jugaban a pelearse, despiojarse y subirse a los árboles. Fue esa primera semana cuando muchos de nosotros pisábamos un basurero por primera vez y bueno… no es fácil describir lo que sentimos. Nadie hablaba, todos tratábamos de manejar con dificultad nuestras reacciones tanto físicas como psíquicas: las náuseas, el barrizal, las moscas, la incredulidad, las ganas de llorar… Pero estas visitas fuero vitales para comprender ciertas particularidades de aquellos niños enigmáticos con los que tratábamos: la dura expresión de su cara, los claros síntomas de malnutrición, su cansancio, su independencia y el porqué de sus heridas. La realidad de lo que nuestros ojos vieron hizo que tomáramos consciencia de la importancia y la magnitud de lo que habíamos ido a hacer a Camboya. Sacar a uno de esos niños de aquella miseria durante un solo minuto merecía el mayor de nuestros esfuerzos.                  El mes pasó muy deprisa, pronto nos acostumbramos los unos a los otros y los niños comprendieron que dentro de las puertas de PSE podían dejar atrás su vida de adultos y ser lo que realmente eran: NIÑOS. Poco a poco se acostumbraron a nuestras bromas y entre todos creamos un lenguaje mágico a base de guiños de ojos, sacadas de lengua, abrazos, cosquillas e intercambio de flores silvestres. Al final del día todos los monitores europeos repetíamos con esperanza la misma frase “TA MUI, TA MUI” y la reacción siempre era la misma: carcajada y estampida. Pero pronto llegaría el milagro. Aquello por lo que, sin saberlo, me presenté en Camboya.  El momento del millón de dólares.   Recuerdo que era el viernes de nuestra primera semana. Estábamos repartiendo las raciones de arroz a los niños para compensar a las familias por el ingreso que habían dejado de percibir al mandar a sus hijos al campamento en lugar de mantenerlos trabajando. Había sido un día divertidísimo, así es que decidí tentar a la suerte una vez más. “Chhhssssttt-Chhhssssttt” – chisté – “TA MUI” – dije gritando y señalándome la mejilla. De repente, incrédula y con los ojos como platos, pude observar como 2 de los niños se volvieron hacia mí, me dedicaron la mejor de sus sonrisas mostrando entusiasmados sus dientes picados, y empezaron a correr en mi dirección con los brazos abiertos para darme un beso. ¡Qué alguien me pellizque! ¿esto está pasando de verdad?- pensé.    Las siguientes semanas fueron estupendas. Nunca pensé que unos niños pudieran mostrar tanto agradecimiento por el mero hecho de ser tratados como seres humanos. Se peleaban por todo lo que tuviera que ver contigo: por cogerte de la mano, por hacerte una trenza, por ser los primeros de la fila tras de ti, por regalarte la flor más grande o la guirnalda más bonita de las mañanas. Pero los momentos surrealistas también se repetían: las heridas, las fiebres, las infecciones. Uno de los niños (lo llamábamos “el freelance” porque iba por libre en todo momento) no vino la última semana al campamento porque estuvo trabajando en los campos de arroz. Nuestro pequeño “freelance” no había cumplido aún los 3 años de edad.                   Y sin darte cuenta, llega el momento de la despedida, ves a tus niños marcharse entre una tóxica humareda por encima de los montones de basura. Se vuelven a decirte adiós con la manita. Envuelta en lágrimas les tiras un beso y te lo devuelven. No sabes si los volverás a ver con vida pero sí sabes que no los olvidarás. También sabes que no eres la misma persona que llegó y que no te quieres ir de allí, porque haces falta. Esta experiencia te ha enseñado a relativizar tu vida, te has dado cuenta de que existen dos tipos de problemas, los de verdad y los que nos empeñamos en inventarnos en el primer mundo. Y te sientes feliz y afortunada. Llamas a casa para decir que estás bien, que al fin y al cabo es lo único que tu familia quiere escuchar. Y te das cuenta de que el día en que elegiste el segundo de los planes no te equivocaste.    Bueno ¿qué plan tienes para el próximo verano?¿Te apuntas?.   Un enorme saludo,   Rosana
Asociación Por la Sonrisa de un Niño, España en Camboya 2014. ONG española inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones con el número 584 943 © 2014 Por la Sonrisa de un Niño. Todos los derechos reservados.
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