EL FINAL DEL CAMINO

Hoy en PSE están todos los monitores: los de Central —los magos del orden—, los de Kindergarden —donde nace la ternura—, Teenagers —la voz de Camboya—, Sen Sok —el lugar donde contar historias—, y  OBK —el país de Nunca Jamás—; los de Prek Toal —donde nació PSE—, los de Veal Sbov —el reino de los pequeños robinsones—, los de Phum Russei y  Smile Village, los de Dental —los buscadores de sonrisas—, y Medical —los grandes maestros del Sabou Sabou—, los de Construcción, Pensionnaires —las perlas de PSE— y  Handiccaped —los verdaderos protagonistas de la Champions League—,  los de Takhmao —el gran abuelo negro—; están incluso los monitores de Sihanoukville y los monitores de Siem Reap, tan lejos físicamente y tan queridos en Phnom Penh. Están todos aquí.

Hoy es día de recogerlo todo, de dejar todos los centros del Programa de Continuidad Escolar como si no hubiese pasado nada.

HOY

Hoy, al final del día, casi parecerá que aquí nunca hubo niños gritando, ni juegos, ni actividades, ni risas, que el verano ha sido tranquilo, casi aburrido, vacío de niños. Todo quedará en silencio. Solo las canciones de las Pensionnaires, en el tiempo de oración, seguirán su ritmo, llenando el aire de magia. Algunos centros permanecerán cerrados hasta el próximo programa, otros continuarán su vida como si no hubiese pasado nada: el enorme y sólido centro de PSE en Phnom Penh, las guarderías, los Centros de Servicios Comunitarios o de Inserción Laboral, todos ellos seguirán trabajando durante el curso que está a punto de empezar.

Pero para los miembros del Programa de Continuidad Escolar, más de cuatrocientas personas, entre monitores jemeres y europeos, algo se acaba. Algo además difícil de cerrar antes de volver a la rutina.

DECIR ADIÓS

Y es que, decir adiós a Camboya es muy complicado. Todo está dentro del corazón, revuelto, desordenado, esperando posarse despacio en los rincones de cada uno y ser asimilado desde la distancia. Pero es complicado asimilar lo vivido.

Aquí, durante cinco semanas, uno siente ganas de llorar amargamente cada día, en cada momento, con cada niño. Porque es terriblemente difícil digerir tanta miseria. Tan desoladora. La mayoría de los niños que han asistido al Programa de Continuidad Escolar no tienen nada salvo lo que llevan puesto, sucio, roto. Y entre sus carencias, la peor es la falta de afecto, la ausencia de una figura materna o paterna que les de todo el cariño y el cuidado que necesita un niño.

Todo lo contrario: los niños que han venido a PSE cada día son víctimas, muchos de ellos, de abandono, de explotación, de malos tratos y abusos. Detrás de la mayoría de ellos hay una historia, una historia dura. “Lo peor no es la miseria física,” dice Marisa Caprile, la presidenta de PSE en España, “lo peor es la miseria moral que envuelve a la mayoría de estos niños, herederos, sin saberlo, del inmenso dolor de una etapa terrible de Camboya”

Y hay miles de niños. Hay miles de niños. Es abrumador. Rompe por dentro cada niño. Y hay miles. Y, sin embargo, a veces uno les ve jugar y reír y por un momento olvida. Cuando eso pasa, basta acompañarles a sus casas para volver a poner los pies en la tierra y recuperar el sentido del Programa de Continuidad Escolar. Este proyecto nació para mantener a los niños de Camboya alejados de un entorno hostil cuando no hay más alternativas y cubrir necesidades básicas que no deberían ser nunca carencias: la comida, la higiene, el sueño, los besos, las risas.  El Programa de Continuidad Escolar es la única forma de hacer a los niños sentirse como niños y de decirles: estamos aquí para vosotros, no os soltamos de la mano.

MISERIA Y TERNURA

Los monitores lo han transmitido cada día, con cada juego, con cada abrazo. Cada día más fuerte. Cada vez con más ahínco. Lo han transmitido mientras cuidaban de los niños, mientras se enamoraban de cada uno de ellos. Y es que aquí, en Camboya, hay una miseria inmensa, pero también una ternura sin límites. Aquí uno tiene ganas de llorar casi permanentemente. Y sin embargo también juega tan locamente como cuando era niño, hasta sentirse como cuando era pequeño y reír con la espontaneidad y la frescura de la infancia. Y, cuando sin motivo aparente, un niño te da un abrazo o se acurruca en la siesta en tu regazo o corre descalzo riendo, detrás del camión de PSE, diciendo adiós con la mano, una felicidad absoluta lo invade todo.

Miseria y ternura. Ambas sin medida. Y emociones. A flor de piel. Permanentemente. También sin mesura. Aquí nada tiene mesura. Nada ha encontrado su equilibrio. Cada día es como un péndulo loco que va y viene de un extremo al otro. Camboya, estar aquí, es una permanente contradicción. Es imposible explicar, a quién no ha venido, qué es estar aquí. ¿cómo explicar que Camboya es reír y llorar al mismo tiempo? ¿sentirse a la vez viejo y niño? Camboya es sentir hasta la médula toda la miseria y toda la ternura del mundo.

Queda dentro. Solo hay que no olvidar. Y digerir, como sea, Camboya y sus niños. Porque cuando el Programa de Continuidad Escolar acaba y todos los monitores vuelven a su rutina, ellos, los niños, también vuelven a su rutina hecha de miseria. Sí, el Programa de Continuidad Escolar es sólo un mes, pero un mes dentro del trabajo del resto del año que realiza PSE. Es solo un eslabón, pero un eslabón crucial en la lucha por vestir de esperanza la vida de miles de niños camboyanos.

EL FINAL DEL CAMINO

“Yo no sería sin PSE”.

Lo ha dicho una mujer camboyana, en una reunión de la ONG con antiguos estudiantes  en la que cada uno de ellos ha contado su historia en medio del silencio de todos. Todos ellos proceden de los vertederos, de donde fueron rescatados un día por Christian y Marie-France des Pallières —Papi y Mamie, como ellos les llaman llenando cada letra de un cariño inmenso—. De niños, algunos, caminaron diariamente kilómetros para poder acudir a PSE, a clase, durante el curso escolar y la mayoría compaginaron sus estudios con el trabajo de noche en los vertederos. Sus historias son duras, terriblemente duras. Pero hoy son adultos, con trabajos dignos y familias bellas, que trabajan por un futuro mejor para Camboya.

“Yo no sería sin PSE”.

Toda la lucha de PSE contenida en cinco palabras. Y, aún así, todavía queda espacio para la emoción: “PSE no solo nos dio una educación,” van añadiendo la mayoría de ellos, de uno en uno, todos parte de un sentimiento común “nos dio amor, nos dio valores, nos enseñó a ser honestos, a ser bellas personas”.

Solo cuando uno escucha este eco de voces, y se deja invadir por todas las emociones que se esconden tras él, entiende que éste es el final del camino.

“No hay nuevos proyectos”, ha dicho Marie-France, “solo continuar. En Camboya hay aún muchos niños que viven en la miseria a los que atender”.

Por eso, mientras haya niños viviendo en la miseria, PSE —y el Programa de Continuidad Escolar, dentro de PSE— seguirán abriendo a gritos, a cucharones de arroz, sin lágrimas, una puerta y mil puertas a la esperanza.