OBK: EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS

“Estamos preparando un show” dice Marta, la coordinadora de OBK. Y una sonrisa se escapa. Es difícil contenerla, muy difícil: el show está a cargo de ciento sesenta niños minúsculos que se mueven sin parar, como rabos de lagartija, por todas partes.

EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS

OBK es como se conoce a este subprograma que está ubicado en una guardería de PSE, a tan solo cinco minutos andando de la Central de PSE, en el barrio de Oberk Ka Orm —OBK, como se le conoce aquí—. No es el único subprograma que se desarrolla en una guardería, también es así en Sen Sok. Y eso hace que ambos centros tengan puntos en común, pero sin perder ninguno de los dos su propia identidad. Lo que hace diferente a OBK: es el país de Nunca Jamás, con sus niños eternamente pequeños.

OBK, el campamento donde no hay lugar para los adultos

LOS DUENDES DE OBK

Entrar en OBK es introducirse en el País de Nunca Jamás, con sus aulas repletas de dibujos y corazones colgando del techo, los murales de frutas decorando las paredes, el azul y el verde coloreándolo todo fuera —hay lonas azules en las paredes de las aulas, que sólo tienen paredes hasta media altura, y un gran toldo verde en el cielo del patio, todo pensado para dar sombra a todos los espacios— y sus niños diminutos, como pequeños duendes salidos de un lugar mágico —aunque un poco menos mágico que el de los cuentos porque estos pequeños duendes llevan sus ropas sucias y viejas—, corriendo y brincando por todas partes. Sí: los niños de OBK apenas levantan un metro del suelo. Y es que aquí, casi todos los niños tienen menos de seis años. Son los niños que han asistido a la guardería durante el curso escolar y que ahora, durante el verano, continúan viniendo gracias al apoyo del Programa de Continuidad Escolar. Son incluso más pequeños que los niños de Sen Sok, donde la media de edad es de cinco años: Aquí, en OBK, la media es de cuatro años.

Un gran toldo verde proporciona sombra.

“A veces, quitarles la ropa para ir a la ducha es muy complicado, es como si se sintieran privados de lo único que les protege, como si se sintiesen de repente desvalidos.”

Eso convierte a OBK en el subprograma con los niños más chicos, después de Kindergarden, de todos los subprogramas: esa es su señal de identidad. Y no es poco. La pequeña escuela que es OBK, alberga cerca de ciento sesenta niños durante el verano —en OBK hay un solo turno que dura todo el día— que no levantan la mayoría un metro del suelo. Uno tiene que agacharse para ver bien sus caras. Y cuando se agacha, sonríe. Es inevitable sonreír. Son expertos en arrancar sonrisas, expertos en robar corazones.

“OBK es el club de los pequeños llorones” dice Paula, una monitora, “su talento natural es llorar hasta no poder más” y sonríe. Y es que cuando lloran, lloran sin consuelo, como les sucede a los que no se quieren bañar cuando llega la hora del baño —sagrada aquí, igual que en los demás centros—: aunque para la mayoría el baño es divertido, hay niños para los que es un auténtico drama. “A veces, quitarles la ropa para ir a la ducha es muy complicado” dice un monitor “es como si se sintieran privados de lo único que les protege, como si se sintiesen de repente desvalidos”. Cuando eso pasa, lloran con auténtica angustia, a pesar de los mimos de los monitores, hasta que acaba el baño, eso sí: al instante después, ríen entusiasmados con cualquier juego.

Quitarse la ropa antes de la ducha puede resultar muy complicado.

Es verdad que lloran, ¿cómo no?, son muy pequeños, pero también es verdad que saben poner las caras más provocadoras, las más cómicas —algunos son auténticos actores— y las más dulces del mundo.

Los niños son unos verdaderos actores y no sienten vergüenza de poner todo tipo de caras. Cuando se recrean con un juego, se entregan al 100%.

JUGAR EN NUNCA JAMÁS

Ser tan pequeños complica un poco las cosas en OBK, pero aquí todo es posible. “Es difícil gestionarles,” dice Marta, “es casi imposible mantenerles atentos en una actividad durante veinticinco minutos”. ¡Pero el caso es que entre los siete monitores europeos y los ocho monitores camboyanos lo consiguen! Los lunes, martes y jueves hay actividades por la mañana —organizadas para los siete grupos de veinte niños cada uno, que se mantienen fijos a lo largo de todo el mes—, donde a veces incluso se incluyen clases de un tipo de yoga muy “personalizado”. Los miércoles hay gymkana y los viernes las Olimpiadas, adaptadas en este caso a este público tan particular. Lo que está claro es que alcanzar el objetivo de veinticinco minutos jugando es, aquí, en OBK, un objetivo alcanzado.

Los niños disfrutan de una sesión de yoga. Es una buena manera de hacerles estar concentrados sin pasar por alto su diversión

“Cuando llega el fin de semana no te quieres ir. Cuando llega el fin del programa sólo quieres volver.”

También es alcanzable hacer de este lugar un pequeño paraíso para cada niño, y no es fácil, porque aquí, como en los demás centros, cada niño tiene su historia. “Aún no hemos acabado el programa” dice Javi, un monitor “y ya hemos conseguido que casi todos los niños se rían y lo pasen bien.” Es el caso de Mony, de diez años, que viene a OBK con sus hermanos Chakry, de siete, y Vichaka, de dos. “El primer día no era posible separar a Mony de Vichaka, lloraban los dos” cuentan los monitores. Y es que la obligación que los padres imponen a los hijos “mayores” de cuidar a sus hermanos pequeños genera una carga de responsabilidad y un sentido de culpa absolutamente gravosos para los mayores que les roba cualquier posibilidad de sentirse niños. Y hay niños así en todos los centros. “Pero, ya hemos conseguido que cada uno de ellos” dicen refiriéndose a Mony y Vichaka, “esté en un grupo según su edad y que cada uno de ellos disfrute de las actividades que por edad les corresponden.”

Al principio, los niños prefieren quedarse con sus hermanos y hermanas. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que hay actividades adaptadas a todas las edades y prefieren unirse a niños de su edad.

Sólo algunos niños no se ríen todavía: son los que tienen detrás las historias más duras. Para esos niños, la necesidad de cariño y atención es mucho mayor y también el empeño que los monitores ponen en hacerles olvidar y reír.

Aunque algunos niños no se ríen al principio, gracias a la entrega de los monitores todos los niños acaban por sonreír.

“Estamos preparando un show”

Por las tardes, después de la comida y la siesta, el reto de convocar a los niños a las actividades continúa. Por las tardes, habrá feria, gymkana o uno de tres —así llaman a la elección que hacen los niños entre ver una película, hacer pulseras o leer cuentos—.

LEER: DE NUEVO CUENTOS, CUENTOS Y MÁS CUENTOS

La pequeña biblioteca de Sen Sok tiene aquí su réplica. Y es que el hecho de que ambos centros sean guarderías genera muchos puntos en común: Sen Sok y OBK tienen, cada uno de ellos, una pequeña biblioteca, un espacio sagrado, con estantes llenos de cuentos, todos revueltos, escondiendo historias fantásticas

Los niños adoran los cuentos y la pequeña biblioteca de OBK es como la cueva de Ali Baba para ellos.

Son espacios donde los niños se cuelan siempre que quieren. Siempre hay niños, en cualquier postura imaginable, leyendo un cuento o mirando sus dibujos mientras repasan con las yemas de los dedos las caras de sus personajes. Y cuando después de la hora de la siesta —esa hora increíblemente silenciosa en un grupo tan numeroso de niños pequeños— los monitores camboyanos leen cuentos, todo se convierte en círculos apretados de niños alrededor de pequeñas historias contadas en camboyano. En ese momento, los relojes, el tiempo todo, se para. En algunos círculos, los niños miran los dibujos mientras escuchan, en otros, los cuentos ni siquiera tienen dibujos, solo letras y letras, tan áspero el cuento, con solo texto y, aun así, los niños escuchan boquiabiertos las historias de los monitores. Maravilla.

EL SHOW

“Estamos preparando un show” dice Marta. Y una sonrisa se escapa. Es difícil contenerla, muy difícil: el show será representado por estos pequeños actores y liderada —y esto es una gran novedad— por los monitores camboyanos. Cada uno de los monitores camboyanos ha elegido su propia función y por las tardes ensayan con los niños. La función será el último viernes del programa y los padres de los niños están invitados.

“Mi equipo y yo estamos preparando un espectáculo. ¡Puedes venir a verlo el próximo viernes si te apetece!”

“Hemos crecido de la mano de los niños. Y los niños también han ido cambiando: han pasado de considerarnos una figura que les ayuda y les sonríe y juega con ellos a considerarnos algo mucho más apasionante: sus amigos, alguien querido.”

Marta, la coordinadora de OBK, con uno de los niños. Lleva tiempo ganarse la confianza de un niño; sin embargo, sin previo aviso, te das cuenta que te has convertido en su amigo, alguien al que quiere.

“Tenemos de todo,” dicen los monitores “tenemos hasta una canción de Navidad que los niños están ensayando.” Y uno no es capaz de entender a quien se le ha ocurrido la loca idea de cantar una canción de Navidad ahora, tan lejos de esas fechas y en medio de este calor sofocante, ¡pero! ¡Todo vale! Otros querían representar el Rey León, pero aquí en Camboya la historia del Rey León no es popular. Otros, la historia de PSE, todo un reto en manos de estos diminutos muñecos. Y poesías y canciones. La fiesta será el último viernes del programa. Es el gran regalo de los niños a sus familias. Aquí, puede pasar de todo. Pero una cosa es segura: salga lo que salga, saldrá bien.

EL SECRETO DE OBK: CRECER JUNTOS

“En OBK hemos crecido todos, los monitores y los niños,” dice Javi, “nosotros, los monitores hemos pasado poco a poco de sentirnos monitores que intentan hacer bien su cometido a sentirnos parte de la vida de los niños; hemos pasado de esforzarnos para hacerles los días perfectos a disfrutar de cada día: eso, ese pequeño cambio, es lo que ha hecho que cada día sea precisamente lo que queríamos: perfecto.”

Los niños han cambiado, ahora consideran a sus monitores como sus amigos

“Hemos crecido de la mano de los niños.” continúa “Y los niños también han ido cambiando: han pasado de considerarnos una figura que les ayuda y les sonríe y juega con ellos a considerarnos algo mucho más apasionante: sus amigos, alguien querido. Se nota en cómo te sonríen, en cómo te saludan cuando llegan por la mañana, en cómo te enseñan los juegos de la semana anterior y se ríen contigo. Aquí, en OBK, con estos niños tan pequeños, la evolución ha sido increíble. Ahora hay un calor especial, diferente, el que existe sólo cuando las relaciones son sinceras.”

Puede que ése sea el secreto de PSE, a lo que invita permanentemente su espíritu: a cruzar la barrera entre dar y darse. Eso es lo que convierte a PSE en una ONG “adictiva”: Cuando llega el fin de semana no te quieres ir. Cuando llega el fin del programa solo quieres volver.