SIEM REAP: LA UNION HACE LA FUERZA

En Siem Reap, una población muy turística por su cercanía con los templos de Angkor, se ubican dos subprogramas del Programa de Continuidad Escolar, uno de ellos en el Centro de Inserción Laboral de PSE y el otro en una pequeña pagoda. Lejos de Phnom Penh, lejos del resto de monitores y niños del Programa de Continuidad Escolar, aquí sólo cabe una cosa: unirse. Y crecer.

Conseguir que el programa sea un éxito depende, en gran medida, de la unión de los equipos.

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Verde dentro, el jardín, y fuera también, más allá del jardín. Alegre. Espaciosa. Es la primera impresión que recibe uno cuando llega al Centro de Inserción Laboral de PSE en Siem Reap —un centro que durante todo el año acoge a estudiantes de PSE que están realizando prácticas de hostelería y turismo— donde, en verano, se desarrolla uno de los subprogramas del Programa de Continuidad Escolar.

El jardín del campamento central es verdoso, espacioso y muy acogedor.

Todo en este lugar resulta agradable y acogedor cuando se visita por primera vez. El complejo, distribuido por un enorme jardín natural, se compone de varias casas pequeñas de dos plantas donde duermen los monitores, con un porche arriba y otro abajo y la ropa tendida en las barandillas, un edificio de dos plantas que alberga en la parte de arriba un gran porche con techo de madera donde los niños se echan la siesta y un edificio adosado donde se ubica la cocina, —el espacio donde Sampoa, la madre de Pisey, una monitora jemer, prepara con ingredientes sencillos comidas que entusiasman a los monitores de Siem Reap— con una gran mesa de madera en el centro, donde desayunan y cenan, todos juntos, los monitores. Todo en Siem Reap, invita a sonreír.

El equipo de limpieza posiciona los kramas cerca de la cocina para secarse.

“El traslado de los niños es una de las principales dificultades que tenemos que resolver cada día”

Siem Reap, es una ciudad grande, muy viva, al norte de Camboya, conocida por ser el punto de partida para visitar los templos de Angkor, declarados en 1992 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

DOS SUBPROGRAMAS

Allí, el Programa de Continuidad Escolar de PSE mantiene dos subprogramas: Central, que se desarrolla en estas instalaciones, y Prey Thom, que se desarrolla muy cerca, en una pagoda budista, con un enorme espacio abierto alrededor donde los niños pueden jugar sin agobios. “Hay incluso demasiado espacio” dice Laura, la coordinadora de este centro, “¡a veces nos agotamos corriendo detrás de ellos en un espacio tan grande! Pero, no importa” continúa después sonriendo, “este lugar es absolutamente original y encantador”. Lo dice señalando a la pagoda, junto a la que, sobre una tarima camboyana, dos mujeres mayores cocinan para los monjes.

Laura y los niños del campamento de Prey Thom, situado en una pagoda Budista. A los niños les encanta escalar las paredes y las columnas.

CAMBOYANOS Y EUROPEOS: CONVIVIR, UNE

Los monitores, camboyanos y jemeres, de ambos programas, conviven en la Central de Siem Reap: duermen en el suelo, distribuidos por las casas de dos alturas, comen todos juntos en la cocina las delicias de Sampoa y charlan y cantan al atardecer, cuando los niños se han ido, en el gran porche cubierto. Es inevitable: En Siem Reap se respira una unión especial, la que genera una convivencia tan estrecha, tan buena, de todos con todos, europeos y camboyanos. Un valor añadido increíble que se respira permanentemente en los subprogramas de Central y Prey Thom durante la jornada.

La unión hace la fuerza de este campamento, es magia y felicidad. Los monitores cocinan distintos platos de sus países para los demás.

¡ABRIMOS DE NUEVO!

Desarrollar este año los subprogramas, en estos emplazamientos, ha sido, en opinión de todos, muy costoso. El año pasado no se pudieron llevar a cabo, por lo que poner al día estos centros para ser de nuevo utilizados por los niños ha requerido un gran trabajo de limpieza, muy especialmente en Prey Thom, donde estaba todo muy abandonado y sucio y por donde cruzan los tuk tuks y otros vehículos cuando quieren, a diario. “Hemos tenido que reinventar la zona de duchas” dice Laura “porque sólo hay una salida de agua que debe abastecer la ducha de las niñas y la de los niños, por separado, y cavar una pequeña zanja que sirva para desaguar esa zona, y reinventar una forma eficiente de izar la bandera”. “Además” dice “debemos traer todos los días varios bidones de agua para los niños, porque aquí no hay agua potable y hemos tenido que buscar a Lis, una mujer de la aldea que todos los días nos prepara la comida” luego, se ríe, dos monitores traerán la comida en una carretilla.

Los niños y las niñas se duchan por separado, pero solo hay un bucket de agua.

LOS NIÑOS DE SIEM REAP

Entre los dos centros se atiende a más de seiscientos niños —cerca de doscientos treinta en Prey Thom y de cuatrocientos en Central— distribuidos entre los turnos de mañana y tarde.

La media de edad de los niños de Siem Reap, de Central y de Prey Thom es de nueve o diez años. Pero, en la composición del grupo, este año ha habido sorpresas: en el grupo de Central están acudiendo cada día cerca de setenta niños, en cada turno, de entre catorce y diecisiete años, algo excepcional. “Se hace un poco complicado encajar las actividades para que ellos disfruten” explica Martín, coordinador de Central, “porque no quieren sudar, ni mojarse ni hacer nada que perjudique la imagen que ellos tienen de sí mismos, pero, en contra de lo que uno podría esperar, son especialmente cariñosos y se portan increíblemente bien: es una alegría tenerles aquí.”

A los monitores nunca le falta imaginación a la hora de organizar actividades para todo los gustos. Aquí, los niños avanzan en equipo, en sillas, para llegar al final antes que el otro equipo.

“No se les olvida este centro, ni lo bien que lo pasan aquí. Este año, su alegría ha sido inmensa cuando nos han visto llegar”

Los niños de Central proceden en su mayoría del basurero de Siem Reap y sus alrededores —a una hora en coche de Central— y de Aranh —a cuarenta y cinco minutos—, mientras que los niños de la pagoda proceden de Prey Thom, una aldea muy cercana al templo desde la que los niños acceden andando. Los niños de Prey Thom siempre esperan a la entrada, en cuclillas, y bastante antes de la hora, a que la profesora diga sus nombres —una profesora del colegio en el que los niños estudian, se ha ofrecido a pasar lista—. Luego Laura, a la hora de la comida, volverá a pasar lista, para verificar el nivel de asistencia de cada niño.

Los niños esperan en línea a ser llamados antes de entrar en el camp.

UN AUTOBÚS, DOS CAMIONES Y MUCHA MISERIA

“El traslado de los niños es una de las principales dificultades que tenemos que resolver cada día” señala Martín. No es para menos: todos los días son necesarios un autobús y dos camiones de transporte de personas, que se desplazan cuatro veces cada día a Aranh y al basurero para traer y devolver a sus casas a los niños del turno de tarde y de mañana.

“No podía parar de llorar cuando descubrí esta miseria. Ahora, tengo un compromiso nuevo conmigo mismo. Hay que cambiar las cosas. Desde aquí mismo”

Se necesita un bus y dos camiones para traer los niños al camp.

“Todos los esfuerzos merecen la pena” dice Martín. Los niños de Central viven en poblaciones en torno al vertedero, sus padres son campesinos, que de vez en cuando, para completar su jornal, se ven obligados a trabajar en el basurero. El gobierno, desde hace unos años, está tomando medidas para intentar ayudar a estas familias: ofreciéndoles trabajo y ayudándoles con la vivienda. “El año pasado no pudimos venir y no se les atendió durante el verano: por eso es fundamental estar aquí. No se les olvida este centro” continúa Martín, “ni lo bien que lo pasan aquí. Este año, su alegría ha sido inmensa cuando nos han visto llegar”.

A los niños nunca se le olvida el camp, su ilusión es inmensa cuando vuelven los voluntarios.

ESAN

Esan es un monitor camboyano asignado a Central. Tiene veinte años. Es su primera vez en PSE, su primera vez en contacto con la miseria de Camboya. “No sabía cómo gestionar la emoción que me produjo conocer esta realidad” dice, “no podía parar de llorar cuando descubrí esta miseria. Ahora, tengo un compromiso nuevo conmigo mismo. Hay que cambiar las cosas. Desde aquí mismo. Da igual si estoy cansado un día, o exhausto. Estamos aquí por los niños. Y hay que trabajar, hay que ayudarles”. Esan dice que su compromiso no acaba aquí. “Me he prometido a mí mismo seguir trabajando, en el futuro, por acabar con esta miseria. Tengo que ayudarles”.

Como Esan, hay más monitores. Qué maravillosa noticia para Camboya. Y para el Programa de Continuidad Escolar. Cuánto qué aprender, todos de todos.

SABER PERDER: UN RETO CASI IMPOSIBLE

En lo que no ha habido sorpresas es en el ambiente de las Olimpiadas, que hoy, por ser viernes, se jugaban en los dos centros: las Olimpiadas son, en todos los subprogramas, los viernes, una aventura absolutamente divertida y frenética ¡todo, porque nadie quiere perder!

¡Nadie quiere perder, y el ambiente durante las Olimpiadas es completamente alucinante!

Aunque aquí, como en otros centros, los monitores forman grupos para las actividades de la semana, por edades, cuando llegan las Olimpiadas se hacen otros grupos en los que lo importante es justo lo contrario: mezclar las edades, para que todos los equipos tengan las mismas oportunidades de ganar. En Siem Reap, los grupos se forman pintando las caras de colores a los niños.

Los equipos son orgullosos y simpáticos por igual, especialmente con sus pinturas de guerreros.

Y la competición empieza desde ese mismo instante, porque como nadie quiere perder, muchos intentan adivinar cuál será el equipo ganador y se quitan la pintura de la cara a hurtadillas y vuelven a pasar por delante del monitor para que les pinte la cara del color del súper equipo que, ellos creen, va a ganar.

Los equipos cantan el himno nacional antes de desafiarse el uno al otro.

Hoy, en Siem Reap, hacía un calor de justicia, pero nadie parecía darse cuenta. Los niños han participado en los juegos jaleándose unos a otros como si les fuese la vida en cada una de las actividades; y, al acabar la actividad, si perdían se enfadaban mucho y si ganaban se oían los gritos y las risas por todos sitios. En Prey Thom y en Central, los gritos y las risas lo han ocupado todo hoy. Las Olimpiadas son la locura más divertida de la semana.

La Olimpiadas son la actividad mas loca de la semana.

Tanto, que cualquiera querría volver a ser niño y ser parte de un equipo, incluso uno no ganador. Después, han llegado los premios, premios para todos. Y el arroz, una bolsa con dos kilos y medio para cada niño. ¡Los viernes no pueden ser mejores!

Distribución de las bolsas de arroz para las familias.

CORRER

Hoy, cuando el camión ha dejado al último niño del vertedero en su casa y daba la vuelta y avanzaba por el camino de tierra para emprender el regreso al centro PSE, los niños corrían detrás de él; corrían despidiéndose con la mano; corrían sin parar, mucho rato; mientras, desde la puerta de las casas, otros niños cantaban muy alto las canciones que han aprendido en PSE y desde el camión, los monitores les devolvían, cantándolas aún más alto, las canciones. Había niños corriendo y riendo detrás del camión, en el camino de tierra, hasta que sus caras llenas de risa y sus voces divertidas se han perdido en la lejanía.