HANDICAPPED: AQUÍ SE JUEGA LA AUTÉNTICA LIGA DE CAMPEONES

Handicapped, el subprograma dedicado a niños con discapacidad, se lleva a cabo gracias a monitores con gran vocación de servicio a los demás y con una entereza fuera de lo común.

SABER MIRAR

“La primera vez que uno les mira, sólo ve su discapacidad. Pero al cabo de muy poco tiempo, cuando uno aprende a mirar, no ve nada más que niños”. Elizabeth, una monitora de Handicapped sonríe con dulzura mientras habla. “Me siento en familia” añade “mi hermano también es discapacitado”.

La mirada de Elizabeth y de todos los monitores que trabajan en Handicapped sólo puede ser ésa. Si no, es imposible asimilar lo que se vive allí sin que el corazón se rompa bruscamente cada día.

“Es difícil encontrar familias adoptivas para los niños con discapacidad, incluso aunque PSE les ayude con el sustento”

El subprograma está dividido en dos grupos: el grupo uno, formado por cerca de veintidós niños con limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual, a los que se suman algunos niños de otra ONG durante el Programa de Continuidad Escolar; y el grupo dos, formado por dieciséis niños con diversidad funcional motora y limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual.

El grupo uno reúne a los niños con limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual que no paran de jugar fuera y hacer deporte.
El grupo dos, reúne dieciséis niños con diversidad funcional motora y con limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual. Lisa era parte de este grupo, pero su capacidad intelectual no está afectada.  Actualmente es capaz de caminar y se ha unido al grupo uno en sus juegos.

EL KARMA DE LOS HANDICAPPED: EL ABANDONO

La mayoría de los niños de Handicapped viven en el centro de PSE durante todo el año: son niños que han sido abandonados por sus familias. Aquí, en Camboya, donde el 98% de la población es budista, las personas discapacitadas son rechazadas por casi todos, por interpretarse que su minusvalía, en esta nueva reencarnación, es el castigo por no haber sido una buena persona en una vida anterior.

Sólo dos niños del grupo dos, con diversidad funcional motora y limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual, y ocho del grupo uno, con limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual, viven fuera de PSE, casi todos ellos con familias adoptivas.

“Es difícil encontrar familias adoptivas para los niños con discapacidad, incluso aunque PSE les ayude con el sustento” dice Ángel, el coordinador de este subprograma. Lleva en brazos a Sannang, su niño, como le llama él. “Sannang ha pasado ya por varias familias, pero nunca ha funcionado. Al cabo de un tiempo, PSE les ha quitado la custodia porque la familia le estaba maltratando”. Mientras habla, Sannang sonríe, sonríe permanentemente a todos. Y en esos momentos, Sannang es un niño más.

Sannang fue abandonado. PSE le ha entregado en acogida a familias adoptivas, que sin embargo le han maltratado, por lo que sigue viviendo en PSE. Nada ha hecho a Sannang dejar de sonreír.

“La primera vez que uno les mira, solo ve su discapacidad. Pero al cabo de muy poco tiempo, cuando uno aprende a mirar, no ve nada más que niños.”

Elizabeth dice que es fácil entenderles. Y el corazón se rompe un poco más por dentro, porque son niños, tan atrapados en sus cuerpos, que parece imposible cruzar el abismo que existe en la comunicación entre ellos y el resto del mundo. Entonces, despacio, Elizabeth explica qué están queriendo decir algunos de ellos en ese preciso momento. “A otros es más difícil entenderles” se disculpa “pero es porque llevamos poco tiempo aquí. Si pudiéramos estar más tiempo, entenderíamos a todos”.

Hoy, Rotanak, en su silla de ruedas y con sus manos casi inutilizadas trataba de pintar algo sobre un papel y murmuraba. Un monitor camboyano ha explicado que Rotanak quería que le dibujasen a una madre. Cuando otro monitor lo ha hecho, Otaná ha apretado el dibujo contra el pecho y ha llorado. “Dice que echa de menos a su madre” ha traducido el monitor camboyano; después, el monitor le ha pintado en la hoja muchas caras sonrientes y ha señalado al resto de niños que viven con Rotanak.

UN HOGAR PARA LOS NIÑOS CON DISCAPACIDAD

Los niños que viven en PSE, viven en un edificio exclusivamente para ellos, con habitaciones adaptadas a sus necesidades, su propia cocina, su sala de juegos, el comedor, y la sala de estimulación: dentro de esta sala, las paredes están cubiertas con telas de diferentes texturas y luces de todos los colores bailotean por la habitación mientras suena una música suave; cerca, hay todo tipo de cosas que coger y tocar. Les encanta estar ahí.

“Siempre pido a los monitores que hagan actividades fuera, en el patio, porque los niños necesitan estar fuera, ver otros niños, llenarse de aire fresco y de sensaciones que durante el año no tienen tan a menudo”

Cerca del edificio, también hay una pequeña piscina sólo para ellos, para que puedan disfrutar del agua y hacer ejercicios. En la piscina, cada niño debe estar atendido por un monitor o, si hace falta, por dos. Lo mismo sucede en el momento de las duchas, por la mañana, o en el de las comidas, en el caso de los niños con diversidad funcional motora: los monitores deben atender de forma individualizada a los niños. Por eso, aunque no son más de cuarenta niños hacen falta muchos monitores en este subprograma —nueve europeos y nueve camboyanos—, para cuidar de ellos adecuadamente durante el programa de verano.

Los monitores cuidan de los niños de forma individualizada, eso hace que el número de monitores en este subprograma sea muy numeroso.

Este año, entre los monitores camboyanos hay tres Pensionnaires de PSE que han querido colaborar en Handicapped. Karuná, una camboyana brillante e increíblemente dulce, es una de ellos. Entró a vivir con seis años en PSE y ahora tiene diecisiete. “Durante el curso estoy con ellos los fines de semana” dice, “pero quería dedicarles más tiempo, por eso estoy aquí, quiero estar con ellos”. 

A la hora de la goûter, los niños comen fruta. Karuná ayuda a un niño a comerse la fruta que el sólo no ha podido preparar.

JUGAR

El día a día de Handicapped es por fuerza, diferente a los demás subprogramas. Los monitores se dividen en dos grupos para atender a los niños con limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual, y a los niños con diversidad funcional motora y limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual y, cada semana, rotan los grupos, para que todos los monitores tengan la posibilidad de trabajar con todos los niños. Las actividades empiezan algo más tarde que en el resto de centros porque las duchas y los desayunos requieren más tiempo. Después, la mañana, pasa rápido entre los baños en la piscina, la sala de estimulación y las actividades. “Siempre pido a los monitores que hagan actividades fuera, en el patio” dice Ángel “porque los niños necesitan estar fuera, ver otros niños —los niños del grupo dos juegan en el patio de los Pensionnaires— llenarse de aire fresco y de sensaciones que durante el año no tienen tan a menudo.”

Para Chetrá, en silla de ruedas y con dificultades en los movimientos y en el habla, no hay límites: ha aprendido inglés en un tiempo récord.

Los juegos son simples, muy simples, no puede ser de otra forma. Hoy en el patio del grupo dos, se jugaba al escondite inglés en sillas de ruedas. Después, dentro, se han hecho aviones de papel de colores, que los monitores lanzaban al aire. Mientras, en el patio del grupo uno se jugaba al pañuelo. Es más sencillo jugar con los del grupo uno, pero aun así es complicado: hacen la fila, se colocan, pero conseguir que entiendan el juego y que participen en él es un reto difícil.

Preparándose para jugar al escondite

SIN LÍMITES

Hoy en el patio del grupo uno estaba Lisá jugando. Ángel dice que le tranquiliza ver, cada vez que viene a Camboya —lleva ya tres años en Handicapped— que los niños están contentos y bien cuidados. Aun así, a veces, cuando uno vuelve, hay sorpresas increíbles: Kanhá es un caso. El año pasado mordía a todos los monitores, era una niña imposible.  Y este año en cambio está mucho más tranquila. Lisá es otro caso. Hace varios años, cuando la trajeron a PSE no caminaba. Hoy camina con muletas y participa en los juegos de todos. La han incluido en el grupo uno, aunque no tiene ninguna limitación significativa en el funcionamiento intelectual, porque en este grupo hay clases durante el año y Lisá está aprendiendo a un ritmo increíble. Algo parecido pasa con Chun y Chetrá, dos niños con una diversidad funcional motora muy significativa pero también muy inteligentes: están asistiendo a las clases de Pensionnaires como uno más.

Chetrá es un niño muy inteligente. Ha aprendido francés e inglés al mismo tiempo.

Para Chetrá, en silla de ruedas y con dificultades en los movimientos y en el habla, no hay límites: ha aprendido inglés en un tiempo record. Hoy Chetrá anda loco buscando una canción para aprendérsela, porque mañana él y Celia, una monitora, van a disfrazarse y cantar a todos, ¡de momento Justin Bieber va ganando!

Chetrá poniendo música, está buscando la canción que quiere cantar mañana con Celia.

“Subimos cuatrocientos escalones para llegar arriba del todo —esta vez solo subieron los del grupo uno y alguno del grupo dos en brazos—, fue una pequeña locura, pero cuando llegaron arriba y vieron las vistas se quedaron totalmente entusiasmados”

Tampoco hay límites para Chun que hoy anda jugando con los Pensionnaires a pasar un globo de agua de un krama a otro —cada dos niños sujetan un krama, recogen el globo volador y lo vuelven a lanzar al aire a ver quién lo pilla—. Nadie repararía en las dos prótesis que cubren sus piernas.

HAY UN MUNDO FUERA, ESPERANDO

En Handicapped, se sale tres días a la semana fuera de PSE. Son niños que están todo el año dentro del centro y salir fuera se convierte en una necesidad vital que se cubre en sus respectivos subprogramas. Los niños de Handicapped van a la piscina de los Hermanos Maristas los miércoles y vuelven felices cada día que van. Los lunes y los jueves también son días mágicos, de salidas a lugares como Waterpark —apta sólo para monitores entregados, todos—. Ayer, que fue lunes, fueron a Chisour Mountain. “Subimos cuatrocientos escalones —esta vez solo subieron los del grupo uno y alguno del grupo dos en brazos— para llegar arriba del todo” dice sonriendo Ángel, “fue una pequeña locura, pero cuando llegaron arriba y vieron las vistas se quedaron entusiasmados”.

Ángel dice que nunca se ha despedido de ellos cuando ha vuelto a casa. “No puedo”, dice. También dice que a veces cuando se va no sabe si volverá al año siguiente. Pero que cuando llega octubre, sólo dos meses después de haberse ido de Camboya, ya sólo piensa en volver.

Ángel lleva ya tres años en el Programa de Continuidad Escolar. Dejarles cada año, al final del Programa, es muy difícil para él.