VEAL SBOV: LOS PEQUEÑOS ROBINSONES

Algunos dicen que los niños de Veal Sbov son “pequeños salvajes”. Nadie les ha enseñado nada, ni siquiera normas, ni siquiera límites. En realidad, son pequeños supervivientes de la miseria más absoluta, con todo por ser.

La bandera del centro PSE de Veal Sbov, pintada por monitoes jemeres y europeos.

VEAL SBOV: ESTE AÑO TODO ES DIFERENTE

El centro de Veal Sbov de este año es diferente del anterior. En realidad, muchas cosas en este subprograma, este año, son diferentes de las del año anterior. 

El año pasado, el centro estaba situado en las tierras de Charom, un ex jemer rojo, convertido al cristianismo, que lleva años intentando resarcir a las familias sin recursos de los daños causados en el tiempo de la Kampuchea Democrática, cediéndoles terrenos, para que vivan allí, así como instalaciones donde establecer el Centro de Servicios Comunitarios de PSE que atienda a sus necesidades. Las tierras de Charom están en las cercanías de Veal Sbov, una pequeña población de casas humildes que se extienden a lo largo de la carretera principal, con varias filas de calles por detrás de la principal, donde, de vez en cuando, aparece un altísimo muro delimitando una gran propiedad imposible de adivinar desde fuera. El centro PSE del año pasado ocupaba una iglesia protestante que los monitores adecentaban, antes de que empezara el programa, para que resultase acogedora y limpia, con una zona exterior de arena que era perfecta para los juegos, una gran charca donde los niños se divertían, un cierto aire salvaje tan rodeada como estaba de selva verde, y cerrada al exterior. El año pasado asistieron los niños de las 74 familias que vivían en las tierras de Charom. 

“Si tuvieran cualquier cosa aquí, se lo robarían, pero la realidad es que no tienen nada que merezca la pena robar.”

Este año todo es diferente: Las condiciones en las que viven estos niños son incluso peores que las del año pasado, porque los problemas entre las familias y el propietario de las tierras ha provocado la expulsión de 57 familias de esa zona, que ahora viven a ambos lados de un camino lleno de fango que se inunda cada vez que llueve, en casas que no son casas sino tablones de madera mal puestos, donde apilan sus escasísimas pertenencias. “Si tuvieran cualquier cosa aquí, se lo robarían”, dijo Yoeun Tun el día que visitamos la comunidad de familias, “pero la realidad es que no tienen nada que merezca la pena robar” y sonrió con tristeza. 

Este año, además, no es posible realizar el subprograma de Veal Sbov en la iglesia, porque el dueño no ha dado su consentimiento, tal vez para evitar problemas entre las familias que aún permanecen en sus tierras, diecisiete, y las que se tuvieron que marchar.

Veal Sbov está a unos cuarenta minutos del centro PSE.

UN NUEVO ESPACIO

Mike, el coordinador de este centro, conoció el problema tan solo dos semanas antes del inicio del Programa de Continuidad Escolar, pero, con la ayuda de los Servicios Sociales de PSE —que se pusieron en contacto con el colegio público de Veal Sbov y el Ministerio de Educación—, se consiguió que este colegio cediese parte de sus instalaciones a la ONG durante el verano.

Algunos niños ni siquiera hablan, aunque tengan edad para ello.”

Ahora, el nuevo centro, consiste en las tres aulas del pabellón situado al final de las instalaciones del colegio y un pequeño patio. Delante de las aulas hay unos cuantos árboles, un templo del que entran y salen monjes budistas de vez en cuando, un camino que cruza el colegio de principio a fin y por el que pasan tuk tuks con comida, helados y chucherías que venden a los niños del colegio, y escombros, muchos escombros, en cuanto se acaba el patio. 

El nuevo centro, consiste en tres aulas del pabellón situado al final de las instalaciones del colegio y un pequeño patio. Los niños comen en el pasillo que da a estas aulas.

ORGANIZÁNDONOS

En situaciones así, es cuando se pone a prueba la capacidad organizativa de los coordinadores, que han sabido adaptar las nuevas instalaciones a las necesidades del programa, justo a tiempo de que éste empiece: en el espacio que les han cedido, se ha habilitado en una de las aulas, el cuarto de material.

Los coordinadores han habilitado el cuarto de material en una de las aulas.

También han habilitado una zona de duchas —aquí las duchas no serán a cazos sino tirando de manguera y sobre una gran lona de plástico azul extendida en un pasillo entre dos edificios—.

Aquí las duchas no serán a cazos, sino tirando de manguera.

Para las actividades, se han dividido las dos aulas restantes en tres zonas en total y lo mismo se ha hecho con el patio —dividirlo en tres zonas pequeñas—. El objetivo es crear seis espacios de juego —tres fuera y tres dentro— por los que irán pasando diariamente, guiados por los monitores, seis grupos de niños organizados por edades, salvo los días en los que haya actividades únicas para todos.

Hay seis zonas de juego, tres de ellas fuera y tres dentro.

Cómo se organice el pase de los grupos por las actividades planeadas no es sencillo. Es lo que aquí llaman “la rota” y requiere, para funcionar bien, un esfuerzo importante de planificación porque es importante hacer coincidir cada grupo con las actividades que más se adaptan a cada edad y evitar también que se aglomeren los niños en una sola actividad.

Los niños participan en muchas actividades diferentes, adaptadas a su edad y sexo.

“Aunque no sepan leer, les gustan mucho los cuentos. Les entusiasma que les cuenten cuentos. Es uno de los momentos más bonitos del día: cuando un monitor jemer les lee un cuento.”

En Veal Sbov, los niños tienen entre cinco y quince años, salvo Tang Pipi, que dice que tiene veinte años cuando todo él indica que tiene dos. Hoy Tang lloraba en el patio por algún motivo desconocido y un niño, tan diminuto como él, que jugaba cerca con dos globos, se le ha acercado y, sin decir nada, le ha dado uno. Tang ha dejado de llorar.

Tang Pipi, con un globo que otro niño le ha regalado. Los niños camboyanos son muy generosos.

El centro de este año no es tan bonito como el del año pasado y es más inseguro, porque el camino que lo atraviesa es una puerta abierta a que los niños se alejen del mismo o a que entre un extraño, lo que obliga a estar vigilante. Además, en el colegio que les ha cedido las instalaciones aún hay clases y, en los recreos, los estudiantes quieren incorporarse a los juegos de la Paillote. La solución: poner una cuerda atada a un árbol todos los días, para marcar una pequeña frontera, imaginaria, entre el colegio y el espacio de PSE. Luego, por la tarde, cuando ya hayan acabado las clases, los alumnos del colegio se incorporarán a los juegos.

Niños tratando de morder un globo.

LOS NIÑOS DEL TURNO DE MAÑANA DE VEAL SBOV

A Veal Sbov vendrán este año alrededor de cincuenta niños cada mañana, todos ellos de las familias desalojadas, a los que por la tarde se unirán cerca de cien niños del colegio público. Los niños de las familias desalojadas son pequeños supervivientes de la miseria. Algunos tienen mechas rubias entre su pelo negro por culpa de la desnutrición, otros presentan discapacidad intelectual o del desarrollo derivadas de embarazos no cuidados y todos, absolutamente todos, llevan ropas sucias y rotas —en el mejor de los casos remendadas a grandes puntadas—: el año pasado hubo niños que acudieron todos los días al centro con la misma ropa.

Algunos tienen mechas rubias entre su pelo negro por culpa de la desnutrición. PSE intenta darles una comida completa y equilibrada que les ayude a cubrir sus déficits alimentarios.

“Este año, uno de los días”, cuenta Lucía, “Srey Lern, una niña de diez años que cuida de su hermano Chantha, de tres, olisqueó el pantalón de su hermano mientras se duchaba y rápidamente buscó otro pantalón, daba igual de quién, para cambiarlo; al final, a falta de un pantalón que oliese mejor, Chantha corrió medio desnudo todo el día por el centro”.

Los niños de las familias desalojadas no son como los del turno de tarde, que vienen del colegio. Estos otros niños nunca han ido a la escuela. Prácticamente ninguno sabe leer ni escribir.

Los niños de las familias desalojadas son pequeños supervivientes de la miseria. Y, aun así, nunca paran de sonreír.

“Aunque no sepan leer”, dice Bea, “les gustan mucho los cuentos. Les entusiasma que les cuenten cuentos. Es uno de los momentos más bonitos del día: Cuando un monitor jemer les lee un cuento”. Algunos niños ni siquiera hablan, aunque tengan edad para ello.

No saben leer, pero les encantan los cuentos.

A los niños de estas familias, nadie les ha enseñado nada, ni siquiera normas, ni siquiera límites, algunos monitores dicen que son como “pequeños salvajes” a los que es muy difícil organizar y gestionar. Sin embargo, dos días después del inicio del programa los cambios son notables, algunos incluso tiran ya las pieles de la fruta de la goûter— como se llama aquí al tentempié de media mañana— a la papelera. 

En realidad, son hojas en blanco pendientes de ser escritas. Todo por ser. Son niños que, cada día, regalan permanentemente a quien quiera recibirla, su sonrisa y sus abrazos y su mirada conquistadora.

Son niños que, cada día, regalan permanentemente, a quien quiera recibirla, su sonrisa.

Sí, en el centro de Veal Sbov, aunque gestionar a sus niños sea un reto difícil y aunque las propias instalaciones no faciliten el día a día, los momentos mágicos se multiplican. Empiezan desde el preciso momento en que Mike entra con la camioneta en el sendero de barro donde viven las familias y una horda de niños aparece de frente, riendo y corriendo hacia él. En un instante, todos, hasta los más pequeños, se habrán apañado para subir a la parte trasera de la camioneta y algunos, los más avispados, habrán abierto la portezuela del copiloto para intentar ocupar ese puesto, toda una hazaña.

Tan pronto como llega la camioneta, una horda de niños aparece de frente, riendo y corriendo hacia él. En un instante, todos, hasta los más pequeños, se habrán apañado para subir a la parte trasera de la camioneta.

A partir de ahí, el día se convierte en una fiesta para los niños, donde la ducha, el desayuno, los juegos, las manualidades, la comida, la siesta y la lectura, todo, hacen de cada jornada algo realmente especial para ellos y para los monitores.

A partir de ese momento, el día se convierte en una fiesta para los niños

DE VUELTA A CASA

Al final del día, Mike, el coordinador de Veal Sbov, devolverá a los niños a sus casas, conduciendo la camioneta de nuevo —este es el primer año que lo hace—. Llevar la camioneta en Phnom Penh, donde el tráfico es caótico, es toda una gesta que requiere una gran responsabilidad. Pero, ¿qué se puede esperar de alguien que aprendió a hablar jemer, con una soltura impresionante, en tan solo un mes? Él ha sido quien ha preparado el pequeño glosario de palabras camboyanas que todos los monitores llevan consigo.

Hora de volver a casa

Aquí, en Veal Sbov, y en todo PSE, sobran responsabilidad y compromiso. 

 

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